CAZADOR DE MENTES

EL POPOCATÉPETL Y LA IZTACCÍHUATL

Hace tantos, pero tantos años, tantos, que ni siquiera alguien lo sospecha a veces, todos los cerros, montes y montañas que rodean a nuestra tierra llamada antiguamente ANAHUAC, es decir, la región rodeada de agua, no existían.
Lo que hoy vemos en la gigantesca ciudad de México se miraba tan distinto entonces.
Sólo era un enorme e infinito terreno plano y árido, según cuentan nuestros tatarabuelos aztecas, pues así había quedado luego del final terrible del cuarto sol.
Entonces, la tierra se había resecado y la esterilidad y el hambre aniquilaban a los hombres debido a su mal comportamiento, puramente animal. Habían olvidado la misión para la cual habían sido hechos: ser creadores como el propio TEOTL, la energía por la cual vivimos, IPALNEMOHUANI, para perfeccionarse a sí mismos y al universo. ¡Y es que eso de portarse como las bestias es tan primitivo!
No merecían vivir, si no buscaban el camino del mejoramiento diseñado para el ser humano.
Por eso se habían marchitado las milpas, y secado los manantiales, y huido las nubes, y caído terribles heladas.
Alimañas feroces habían devorado a los hombres malos hasta quedar unos cuantos que arrastrándose moribundos, sedientos, llenos de hambre, afiebrados, suplicaban perdón.
Entonces la energía creadora, el TEOTL, hecho OMETEOTL, la dualidad, utilizó su capacidad de transformarse múltiplemente y se convirtió en las flores preciosas de los campos: XOCHIQUETZAL; en el tierno maicito de las milpas: CENTEOTL; en el perfume hijo de las flores: XOCHIPILI; en la fertilidad verde esmeralda de: CHALCHIUCIHUATL; pero sobre todo, en el agua fecundante y purificada y purificada de la lluvia: TLALOCTLI.
De este modo, aquel páramo sin vida renació por obra química de la energía creadora.
Y la tierra, sedienta como estaba, bebió tanta agua caída del cielo que con ese líquido precioso se formaron los lagos de México (De la luna), de Texcoco (De los espejos), de XALTOCAN (De los arenales), de Zumpango (Del muro de calaveras), de Xochimilco (De las sementeras de flores), de Chalco (De piedras preciosas) y se vio como vestida con una falda de color turquesa.
Las raíces y las semillas que guardaban en su interior resucitaron y reverdecieron.
El panorama se cubrió de verdores fragantes, como un inmenso mar de arbustos y matorrales; de milpas y de tulares; que al moverlo QUETZALCOATL con sus vientos, semejaba un oleaje de jades.
Las aguas pronto dieron peces y el aire trajo a las aves de preciosos plumajes y maravillosos trinos.
Allí cantaba el pájaro de cuatro cientas voces, el CENZONTLE, como una orquesta de variados instrumentos; ora parecía un flautín; ora un organillo; ora un violonchelo o una viola, o un violín.
Acá se escuchaba el trino juguetón del pájaro parduzco de largo pico, el CUITLACOCHE; o los arrullos de la HUILOTAS, palomitas graciosas; o las carcajadas burlonas de los guajolotes.
Con tanta lluvia bienhechora, ANAHUAC se había convertido en un exuberante paraíso, como aquél que decían se había creado en otros tiempos y que existía muy lejos de allí, por el este, cerca del mar: TAMOANCHAN.
Entonces TLALOCTLI, cansado de caer sobre la tierra, sin más ganas de llover por un rato, buscó una casa para refugiarse con su corte de gotas bailarinas, sus TLALOQUES.
Pero he aquí que se dio cuenta que no había un sitio apropiado para ello, pues todo era una enorme meseta, sin relieves mayores y pidió a la energía creadora que le construyera altos lugares donde reposara y viviera.
Así fue como el TEOTL comprendió las razones de TLALOCTLI y decidió crear montes y montañas alrededor de los lagos de ANAHUAC por obra de su energía creadora.
Primero había que crear, al norte, una pequeña sierra por donde el viento, EHCATL, penetrara tersamente hacia todos lados y purificara con sus suaves soplos el posible mal ambiente.
Así puso en esta región a EHCATEPETL, el monte del viento; muy cerca de él, hizo otro para dotar de pedernales a los hombres y hacer fuego con su piedra, el TECPAYOCAN o cerro del pedernal, hoy llamado Chiquihuite, y que parece una gran pirámide.
Allí mismo hizo una cadena de pequeños cerros que se llamaron, TECOATLASUPEUH la pequeña sierra serpiente que pisamos, y casi entrando en el lago, como una nariz, diseñó el TEPEYACAC.
Ese cerro debía ser el guía para todos los habitantes de ANAHUAC, Así como la nariz va siempre adelante, orientándonos. Luego hizo las demás sierras que rodeaban a aquel antiguo paraíso de ANAHUAC. Y fueron tantos los montes y de tan diversas alturas, que TLALOCTLI no sabía cuál escoger para habitarlo como casa, así que decidió vivir en todos; ser algo así como el corazón de los montes, TEPEYOLOTLI. De allí brotaría y bajaría en fuentes benéficas.
Las nubes rodearían las cumbres y como grises serpientes jugueteantes, MIXCOATL, serpiente de nubes, caerían allí mismo deshiladas en lluvia o en toda la superficie de ese nuevo TAMOANCHAN.
Así nacieron otros montes como el Ajusco, al sur, donde brotaba mucha agua; o Chapultépetl, el cerro del chapulín, al poniente; o el cerro de la estrella, CITLALTEPETL, al sureste en Iztapalapa; o el pequeño que brotaba del lago de Tezcoco, cual un peñón que con sus aguas azufrosas podría curar algunas dolencias de los humanos.
Ahora sí TLALOC y sus TLALOQUES tenían donde reposar las fatigas de más de seis meses de trabajo durante el año de mayo a octubre, aproximadamente, aunque a veces en otros meses se veían también obligados a laborar.
De esta manera todo transcurrió prometedor para los que se habían salvado de la destrucción pasada.
Hombres y mujeres si dedicaron a practicar la meditación y a cumplir con sus trabajos creadores.
Sólo de recordar el castigo tremendo padecido por faltar a la misión de perfeccionarse, los hacía estremecer.
No quería que sus hijos ni sus nietos ni sus bisnietos ni sus tataranietos sufrieran lo acontecido ayer. Por eso eran virtuosos y abnegados.
Llenos de gratitud hacían fiestas para todas las manifestaciones del TEOTL y niños y adultos participaban felices ofreciendo flores, barriendo los TEOCALLIS que comenzaban a construir en forma de pirámides, como tratando de imitar a los montes; y bailando y cantando gracias a nuestro padre-madre, TONACATECUHTLI, la vida, señor y señora de nuestra carne.
En largas comitivas iban rumbo a los lagos, o a los montes, precedidos por músicos flautistas, a veces de pequeña edad; o en otras de doncellas o mancebos. De Barro eran sus flautas y como ellas, junto con caracoles y TEPONAXTLIS y HUEHUES, interpretaban alegres melodías que competían con el trinar de las aves.
Y vestidos de blanco y adornados con brillantes penachos de floridos plumajes, adoraban a la naturaleza toda, nuestra reverenda madrecita, águila y serpiente a la vez, sol y tierra, TONANTZIN-NONANTZIN.
Y danzaban y cantaban y le ofrecían poemas a la energía creadora y a sus manifestaciones:

De modo igual somos,
somos mortales los
hombres.
Nadie esmeralda,
nadie oro se volverá.
Todos nos iremos,
nadie quedará.
Como una pintura
nos iremos borrando.
Como una flor
hemos de secarnos
sobre la tierra.
Cual ropaje de plumas
del quetzal
iremos pereciendo.
Sólo iremos dejando al
partir
nuestro canto…
¡Nos habremos ido,
pero él,
él vivirá en la tierra!

Unidos todos como los dedos de la mano, en TLOQUENAHUAQUE, juntos y cercanos, se unían al TEOTL para inspirar su fuerza creativa, aspirarla, sentirla y prepararse para florecer en amistad con todos.
Y así en el TEPEYÁCAC o en el CITLALTÉPETL; en el TECPAYOCAN o en el CHAPULTÉPEC, siempre se veía a los agradecidos anahuacas, los primeros pobladores de ANAHUAC, descendientes de aquellos sabios toltecas, homenaje a sus benefactores. En una de esas ceremonias rituales, el casto POPOCATÉPETL conoció a la doncella IZTACCÍHUATL de blanca palidez, como las nieves.
Un cortejo formado por sabios ancianos, TLAMATINIME, TEOPIXQUES, los dedicados a no olvidar nuestra gratitud para la energía creadora, vestidos como la noche y de largas y limpias cabelleras, escoltaban a la virgen inmaculada, llegada de un pueblo muy lejano con el fin de dedicarse a la meditación creadora en la casa de la meditación: TEOCALLI.
Y POPOCATEPETL quedó extasiado ante la belleza fascinante de aquella mujer CIHUACOATL. Y sintió brotar en su corazón una extraña mezcla de placer y dolor ante la imposibilidad de poder estar a su lado.
IZTACCIHUATL simbolizaba la meditación total y aquél que osara distraerla, se atendría a castigos funestos.
Y POPOCATEPETL los miró pasar. Cuando ella caminaba parecía que iba flotando, pues lo diminuto de sus pies le daba tal ligereza que ningún ruido se producía en la hierba.
IZTACCIHUATL se veía blanquísima y su cuerpo parecía esculpido por artesanos perfectos. La negrura de su cabello contrastaba con el alabastro de su piel y sus grandes ojos resplandecían como dos soles.
Las facciones inmaculadas de su rostro la hacían única entre todas las mujeres, vestida de azul, una TIARA de amate blanco pintado de negro, adornaba su cabeza.
Lucía una medalla de plata de la cual brotaban plumas blancas y negras y caían por sus espaldas varias tiras pintadas también de negro.
De día y de noche los TEOPIXQUES la atendían en su proceso de perfeccionamiento para llegar a ser eterna y dos niños y dos niñas le bailaban y cantaban en sus momentos de reposo.
POPOCATEPETL en ese atardecer, sintiendo el viento del norte soplar tibiamente y envolver su musculoso cuerpo de leñador y campesino, había perdido la tranquilidad que disfrutaba en su casta vida, adoradora de todo lo bello. Desde esa tarde ya no pudo contemplar tranquilo los celajes color de ópalo que el sol dejaba por el poniente en su camino hacia la región de la oscuridad.
Tampoco acertó a seguir estudiando, como noche tras noche, el infinito cielo estrellado, ni logró al amanecer cantar alegremente mientras se dirigía a cortar leña, como haciendo coro con los cenzontles.
POPOCATEPETL permanecía triste en su chinampa de Xochimilco sin anhelar salir de ella, casi sin comer y abandonado su cuerpo a la desidia.
Entonces TEZCATLIPOCA, que todo lo ve y todo lo oye, que está en todas partes alimentando los sentidos y los sentimientos, se dio cuenta de lo que le acontecía al casto joven y decidió vigilarlo para ver lo que sucedía después.
Ante la energía que TLAZOLTEOTL hacía crecer en POPOCATEPETL por IZTACCIHUATL, éste caía derrotado. Era imposible amarla y más, llegar a casarse con ella.
Por las noches lloraba, ante el gozo de TEZCATLIPOCA que le daba conciencia de ello, y era torturado por la pasión distractora.
Cuando el espejo ahumeante de los sueños se apoderaba de él, TEZCATLIPOCA le hacía imaginar que IZTACCIHUATL se encontraba a su lado, pero de pronto despertaba sobresaltado, comprendía todo y deseaba morir.
La fiebre y la ausencia, el silencio y el olvido, iban consumiendo sus musculosas carnes de leñador. Y ya ni siquiera tenía la dicha de largarse a la guerra florida, pues los tiempos eran pacíficos y por miedo a los castigos del TEOTL, todos vivían en paz, hermanados por la comprensión y la amistad, en Tloque Nahuaque. Nadie quería predominar sobre nadie y todos se conformaban con lo que la tierra y la lluvia les daban.
Sus familiares del CALPULLI notaron su decadencia. Sus madrecitas pensaban que se había enfermado, pero ninguna de las medicinas que se le daban surtía efecto. Sus padrecitos lo miraban con gran preocupación y lo seguían cuando como sonámbulo se levantaba de su fino petate hecho con pieles de ocelotes y venados y salía a vagar por las chinampas y los bosques cercanos.
Subía a su chalupa y sus nervudos brazos remaban y remaban, horas y horas. POPOCATEPETL no encontraba paz.
Una noche, cuando el casto joven se hallaba sentado en una piedra de su chinampa y miraba la enorme luna de invierno que desplegaba sus pálidos rayos sobre ANAHUAC y que se rompían como en mil cristales al reflejarse en las transparentes aguas del lago de Xochimilco, POPOCATEPETL se estremeció profundamente.
Una bandada de tecolotes oscureció el firmamento y opacó el brillo lunar. Las flores sembradas en la chinampa temblaron y parecieron marchitarse. El casto doncel escuchó una voz dentro de sí que le decía:
-No sufras más, decídete a ir en busca de IZTACCIHUATL. Si ella no te conoce, jamás sentirá inquietud alguna por ti. Nada pierdes con presentarte ante ella cuando va a bañarse en las puras aguas de los manantiales de CHALCO. XOCHIMILCO no se encuentra tan lejos de allá. Piénsalo. Hazlo.
Tú aparecerás de pronto por allí, como si anduvieras de cacería y no te hubieras dado cuenta de su presencia. Esa es tu oportunidad. Además, la verás en toda la plenitud de su belleza y tú, vestido con tu simple MAXTLI, con cacles y penacho de plumas de garza blanca puedes causarle una muy buena impresión.
Entonces la voz calló y POPOCATEPETL sintió como una alegría enorme y un entusiasmo formidable para hacer lo que se le había sugerido.
Y TEZCATLIPOCA sonrió, pues era él quien lo tentaba para romper con las castidades y tener de qué burlarse. Los que querían imitar a QUETZALCOATL, lo indignaban y siempre, como vemos y sabemos, buscaba la forma de perderlos.
Así que POPOCATEPETL esperó ansioso la hora y el momento de efectuar su audacia.
El corazón le latía tan apresuradamente que parecía querer salírsele y correr en pos de su amada IZTACCIHUATL.
Ni siquiera pudo acordarse del fúnebre presagio que había precedido a la voz de TEZCATLIPOCA.
Esa banda de tecolotes era un mal agüero que anunciaba la llegada de una desgracia, la muerte tal vez, y había que prevenirse para evitarla.
Mas POPOCATEPETL, encendido en su optimismo amoroso, para calmarse en su espera, tomó un poco de aguamiel de los magueyes y lo bebió pausadamente.
De pronto sintió un sueño tremendo y cayó como desmayado sobre las graciosas amapolas y los olorosos cempasúchiles.
Así transcurrieron largas horas hasta que el rocío hizo despertar al casto mancebo. Era casi el amanecer.
Miró hacia todos lados y una expresión de disgusto apareció en su rostro. Había dejado pasar la oportunidad. Ahora tendría que esperar nuevamente. Y desconsolado lloró.
Así estaba cuando un canto lúgubre lo sacó de sus sollozos.
Vio aparecer una chalupa que navegaba por el frente de donde él se encontraba, atrás de ella venían más, con grandes vasijas que humeaban copal y otras que, como antorchas, lanzaban lánguidas llamaradas.
Los que iban conduciendo las chalupas se miraban tan serenos que infundían un terrible respeto.
Entonces los ojos asombrados de POPOCATEPETL se abrieron desmesuradamente al ver aparecer una grande embarcación, la trajinera sagrada, donde TEOPIXQUES arrodillados y vestidos de luto miraban tranquilos, pero solemnes, el cuerpo inerte de una bella mujer: Era IZTACCIHUATL que yacía tendida sobre un camastro cubierto por pieles de venado y rodeada por grandes ramos de Cempasúchiles y YOLOXOCHILES y una gran variedad de perfumadas flores donde parecía revolotear XOCHIPILI, el hijo de las flores, el perfume y la inspiración.
Como impulsado por un resorte se incorporó violentamente y se puso en pie para mirar a la amada que entraría a la región de las tinieblas, al MICTLAN, donde imperaba la nada para los cuerpos. ¡No era posible! ¡Ni justo!
Sintió que su mente explotaba y que un torbellino de todo lo que había imaginado con ella se arremolinaba ante sus ojos: la veía caminando, luego hablándole, abrazándose, besándola, adorándola siempre. Y recordaba la mirada fulgurante que se había clavado en su virtuoso corazón, y sus labios, sus manos y su cuerpo.
Ahora IZTACCIHUATL había muerto y un frío sudor escurría por la despejada frente de POPOCATEPETL.
Su cabello pareció encanecer de pronto y la blancura bañó sus sienes.
¡Qué iba a hacer hoy sin su amada? ¿Cuál sería el motivo de su vida?
Y en eso estaba, cuando se escuchó el pregón del gran TLATOANI, el quien con la palabra orienta, consuela, ilumina, guía:
-Murió IZTACCIHUATL y el TLALOCAN la espera. Jamás el MICTLAN. Su virtud la ha hecho inmortal y no se perderá en el vacío. Siempre la recordará el TLOQUE-NAHUAQUE.
El corazón del monte se regocija porque reposará en él la más virtuosa de las mujeres. Jamás distrajo su vida en los delirios de los instintos. Su férrea voluntad nunca permitió que la dominaran sus sentidos. Ella siempre se dedicó a seguir la sublime voz del TEOTL-IPALNEMOHUANI, la energía creadora por la cual existimos.
Y si por un descuido murió ahogada en el lago, su inmaculada blancura nunca logró ser manchada por el lodo. Hela aquí: pura, virgen, cual una mujer dormida que resplandece ante la transformación; limpia de toda impureza, pues jamás padeció el tormento de la envidia, de los celos, de la ambición, del odio. La llevaremos al lugar por donde sale el sol y allí, en un TEOCALLI la depositaremos.
IZTACCIHUATL, la mujer blanca será venerada eternamente por todos los ANAHUACAS y será uno de sus más grandes y altos orgullos.
Ella nos enseñó a amar el bien y a enaltecer la castidad. Vayamos hasta el oriente; cerca de AMAQUEMECAN estará su adoratorio monumental.
Y repitiendo su discurso a los cuatro puntos cardinales, el TEOPIXQUE-TLATOANI estremecía los oídos de los anahuacas qué salían de sus CALPULLIS, las casas colectivas, para ver el cortejo que poco a poco se alejaba del lago de Xochimilco y penetraba al de Chalco por donde debían continuar hasta llegar a AMAQUEMECAN. POPOCATEPETL sintió que su corazón, preso de sus sentimientos y de la pasión insatisfecha, estallaba.
Y dicen que de pronto se lanzó al lago y nadó, y nadó mucho hasta que TLALOCTLI, compadecido de tanto dolor, acortó la distancia y POPOCATEPETL llegó a la orilla.
Salió escurriendo del agua y echó a correr. La fatiga no le importaba; ni la sentía. Cruzó como un relámpago laderas, cañadas y bosques y ascendió a la cúspide del pequeño montículo donde se encontraba el TEOCALLI destinado a guardar los restos de la virgen blanca, la doncella pura, la inmaculada mujer, la CIHUACOATL, la sabia: IZTACCIHUATL.
En ese momento depositaban el cuerpo incorrupto de la joven casta en un camastro de mármol adornado con cientos de flores y rodeado de tapetes de cempasúchiles. El copal ahumaba abundantemente el lugar y el viento se encargaba de esparcir su olor solemne.
POPOCATEPETL, al ver aquello, quedó en pie, con los brazos cruzados, a los pies de su amada muerta.
Cuando el fúnebre cortejo se retiró, POPOCATEPETL se arrojó sobre el cuerpo anhelado y lo besó llorando. Eran los primeros besos que sus labios daban en la vida.
Cuando TEZCATLIPOCA se dio cuenta de aquello, le dio tanta rabia el ver frustrado sus planes de seducción, que enfurecido ordenó al señor de la oscuridad, MICTLANTECUHTLI que lanzara una de sus flechas y le arrebatara la existencia.
Así lo hizo y POPOCATEPETL cayó muerto. Después quiso apoderarse del profanador, pero no pudo. Una extraña fuerza lo impedía.
Y comenzó a caer tanta, pero tanta nieve, que cubrió el cuerpo de los inocentes amantes hasta transformarlos en los volcanes más altos de ANAHUAC.
Desde entonces permanecen allí, el POPOCATÉPETL y la IZTACCÍHUATL, como el rasgo culminante y distintivo de esas tierras de México. Ella serena, como dormida, el, conservando el fuego inextinguible de su pasión eterna como un gran monte que humea, velando el reposo de su amada mujer blanca.

ometeotl!!!!

EL POPOCATÉPETL Y LA IZTACCÍHUATL

Hace tantos, pero tantos años, tantos, que ni siquiera alguien lo sospecha a veces, todos los cerros, montes y montañas que rodean a nuestra tierra llamada antiguamente ANAHUAC, es decir, la región rodeada de agua, no existían.

Lo que hoy vemos en la gigantesca ciudad de México se miraba tan distinto entonces.

Sólo era un enorme e infinito terreno plano y árido, según cuentan nuestros tatarabuelos aztecas, pues así había quedado luego del final terrible del cuarto sol.

Entonces, la tierra se había resecado y la esterilidad y el hambre aniquilaban a los hombres debido a su mal comportamiento, puramente animal. Habían olvidado la misión para la cual habían sido hechos: ser creadores como el propio TEOTL, la energía por la cual vivimos, IPALNEMOHUANI, para perfeccionarse a sí mismos y al universo. ¡Y es que eso de portarse como las bestias es tan primitivo!

No merecían vivir, si no buscaban el camino del mejoramiento diseñado para el ser humano.

Por eso se habían marchitado las milpas, y secado los manantiales, y huido las nubes, y caído terribles heladas.

Alimañas feroces habían devorado a los hombres malos hasta quedar unos cuantos que arrastrándose moribundos, sedientos, llenos de hambre, afiebrados, suplicaban perdón.

Entonces la energía creadora, el TEOTL, hecho OMETEOTL, la dualidad, utilizó su capacidad de transformarse múltiplemente y se convirtió en las flores preciosas de los campos: XOCHIQUETZAL; en el tierno maicito de las milpas: CENTEOTL; en el perfume hijo de las flores: XOCHIPILI; en la fertilidad verde esmeralda de: CHALCHIUCIHUATL; pero sobre todo, en el agua fecundante y purificada y purificada de la lluvia: TLALOCTLI.

De este modo, aquel páramo sin vida renació por obra química de la energía creadora.

Y la tierra, sedienta como estaba, bebió tanta agua caída del cielo que con ese líquido precioso se formaron los lagos de México (De la luna), de Texcoco (De los espejos), de XALTOCAN (De los arenales), de Zumpango (Del muro de calaveras), de Xochimilco (De las sementeras de flores), de Chalco (De piedras preciosas) y se vio como vestida con una falda de color turquesa.

Las raíces y las semillas que guardaban en su interior resucitaron y reverdecieron.

El panorama se cubrió de verdores fragantes, como un inmenso mar de arbustos y matorrales; de milpas y de tulares; que al moverlo QUETZALCOATL con sus vientos, semejaba un oleaje de jades.

Las aguas pronto dieron peces y el aire trajo a las aves de preciosos plumajes y maravillosos trinos.

Allí cantaba el pájaro de cuatro cientas voces, el CENZONTLE, como una orquesta de variados instrumentos; ora parecía un flautín; ora un organillo; ora un violonchelo o una viola, o un violín.

Acá se escuchaba el trino juguetón del pájaro parduzco de largo pico, el CUITLACOCHE; o los arrullos de la HUILOTAS, palomitas graciosas; o las carcajadas burlonas de los guajolotes.

Con tanta lluvia bienhechora, ANAHUAC se había convertido en un exuberante paraíso, como aquél que decían se había creado en otros tiempos y que existía muy lejos de allí, por el este, cerca del mar: TAMOANCHAN.

Entonces TLALOCTLI, cansado de caer sobre la tierra, sin más ganas de llover por un rato, buscó una casa para refugiarse con su corte de gotas bailarinas, sus TLALOQUES.

Pero he aquí que se dio cuenta que no había un sitio apropiado para ello, pues todo era una enorme meseta, sin relieves mayores y pidió a la energía creadora que le construyera altos lugares donde reposara y viviera.

Así fue como el TEOTL comprendió las razones de TLALOCTLI y decidió crear montes y montañas alrededor de los lagos de ANAHUAC por obra de su energía creadora.

Primero había que crear, al norte, una pequeña sierra por donde el viento, EHCATL, penetrara tersamente hacia todos lados y purificara con sus suaves soplos el posible mal ambiente.

Así puso en esta región a EHCATEPETL, el monte del viento; muy cerca de él, hizo otro para dotar de pedernales a los hombres y hacer fuego con su piedra, el TECPAYOCAN o cerro del pedernal, hoy llamado Chiquihuite, y que parece una gran pirámide.

Allí mismo hizo una cadena de pequeños cerros que se llamaron, TECOATLASUPEUH la pequeña sierra serpiente que pisamos, y casi entrando en el lago, como una nariz, diseñó el TEPEYACAC.

Ese cerro debía ser el guía para todos los habitantes de ANAHUAC, Así como la nariz va siempre adelante, orientándonos. Luego hizo las demás sierras que rodeaban a aquel antiguo paraíso de ANAHUAC. Y fueron tantos los montes y de tan diversas alturas, que TLALOCTLI no sabía cuál escoger para habitarlo como casa, así que decidió vivir en todos; ser algo así como el corazón de los montes, TEPEYOLOTLI. De allí brotaría y bajaría en fuentes benéficas.

Las nubes rodearían las cumbres y como grises serpientes jugueteantes, MIXCOATL, serpiente de nubes, caerían allí mismo deshiladas en lluvia o en toda la superficie de ese nuevo TAMOANCHAN.

Así nacieron otros montes como el Ajusco, al sur, donde brotaba mucha agua; o Chapultépetl, el cerro del chapulín, al poniente; o el cerro de la estrella, CITLALTEPETL, al sureste en Iztapalapa; o el pequeño que brotaba del lago de Tezcoco, cual un peñón que con sus aguas azufrosas podría curar algunas dolencias de los humanos.

Ahora sí TLALOC y sus TLALOQUES tenían donde reposar las fatigas de más de seis meses de trabajo durante el año de mayo a octubre, aproximadamente, aunque a veces en otros meses se veían también obligados a laborar.

De esta manera todo transcurrió prometedor para los que se habían salvado de la destrucción pasada.

Hombres y mujeres si dedicaron a practicar la meditación y a cumplir con sus trabajos creadores.

Sólo de recordar el castigo tremendo padecido por faltar a la misión de perfeccionarse, los hacía estremecer.

No quería que sus hijos ni sus nietos ni sus bisnietos ni sus tataranietos sufrieran lo acontecido ayer. Por eso eran virtuosos y abnegados.

Llenos de gratitud hacían fiestas para todas las manifestaciones del TEOTL y niños y adultos participaban felices ofreciendo flores, barriendo los TEOCALLIS que comenzaban a construir en forma de pirámides, como tratando de imitar a los montes; y bailando y cantando gracias a nuestro padre-madre, TONACATECUHTLI, la vida, señor y señora de nuestra carne.

En largas comitivas iban rumbo a los lagos, o a los montes, precedidos por músicos flautistas, a veces de pequeña edad; o en otras de doncellas o mancebos. De Barro eran sus flautas y como ellas, junto con caracoles y TEPONAXTLIS y HUEHUES, interpretaban alegres melodías que competían con el trinar de las aves.

Y vestidos de blanco y adornados con brillantes penachos de floridos plumajes, adoraban a la naturaleza toda, nuestra reverenda madrecita, águila y serpiente a la vez, sol y tierra, TONANTZIN-NONANTZIN.

Y danzaban y cantaban y le ofrecían poemas a la energía creadora y a sus manifestaciones:

De modo igual somos,

somos mortales los

hombres.

Nadie esmeralda,

nadie oro se volverá.

Todos nos iremos,

nadie quedará.

Como una pintura

nos iremos borrando.

Como una flor

hemos de secarnos

sobre la tierra.

Cual ropaje de plumas

del quetzal

iremos pereciendo.

Sólo iremos dejando al

partir

nuestro canto…

¡Nos habremos ido,

pero él,

él vivirá en la tierra!

Unidos todos como los dedos de la mano, en TLOQUENAHUAQUE, juntos y cercanos, se unían al TEOTL para inspirar su fuerza creativa, aspirarla, sentirla y prepararse para florecer en amistad con todos.

Y así en el TEPEYÁCAC o en el CITLALTÉPETL; en el TECPAYOCAN o en el CHAPULTÉPEC, siempre se veía a los agradecidos anahuacas, los primeros pobladores de ANAHUAC, descendientes de aquellos sabios toltecas, homenaje a sus benefactores. En una de esas ceremonias rituales, el casto POPOCATÉPETL conoció a la doncella IZTACCÍHUATL de blanca palidez, como las nieves.

Un cortejo formado por sabios ancianos, TLAMATINIME, TEOPIXQUES, los dedicados a no olvidar nuestra gratitud para la energía creadora, vestidos como la noche y de largas y limpias cabelleras, escoltaban a la virgen inmaculada, llegada de un pueblo muy lejano con el fin de dedicarse a la meditación creadora en la casa de la meditación: TEOCALLI.

Y POPOCATEPETL quedó extasiado ante la belleza fascinante de aquella mujer CIHUACOATL. Y sintió brotar en su corazón una extraña mezcla de placer y dolor ante la imposibilidad de poder estar a su lado.

IZTACCIHUATL simbolizaba la meditación total y aquél que osara distraerla, se atendría a castigos funestos.

Y POPOCATEPETL los miró pasar. Cuando ella caminaba parecía que iba flotando, pues lo diminuto de sus pies le daba tal ligereza que ningún ruido se producía en la hierba.

IZTACCIHUATL se veía blanquísima y su cuerpo parecía esculpido por artesanos perfectos. La negrura de su cabello contrastaba con el alabastro de su piel y sus grandes ojos resplandecían como dos soles.

Las facciones inmaculadas de su rostro la hacían única entre todas las mujeres, vestida de azul, una TIARA de amate blanco pintado de negro, adornaba su cabeza.

Lucía una medalla de plata de la cual brotaban plumas blancas y negras y caían por sus espaldas varias tiras pintadas también de negro.

De día y de noche los TEOPIXQUES la atendían en su proceso de perfeccionamiento para llegar a ser eterna y dos niños y dos niñas le bailaban y cantaban en sus momentos de reposo.

POPOCATEPETL en ese atardecer, sintiendo el viento del norte soplar tibiamente y envolver su musculoso cuerpo de leñador y campesino, había perdido la tranquilidad que disfrutaba en su casta vida, adoradora de todo lo bello. Desde esa tarde ya no pudo contemplar tranquilo los celajes color de ópalo que el sol dejaba por el poniente en su camino hacia la región de la oscuridad.

Tampoco acertó a seguir estudiando, como noche tras noche, el infinito cielo estrellado, ni logró al amanecer cantar alegremente mientras se dirigía a cortar leña, como haciendo coro con los cenzontles.

POPOCATEPETL permanecía triste en su chinampa de Xochimilco sin anhelar salir de ella, casi sin comer y abandonado su cuerpo a la desidia.

Entonces TEZCATLIPOCA, que todo lo ve y todo lo oye, que está en todas partes alimentando los sentidos y los sentimientos, se dio cuenta de lo que le acontecía al casto joven y decidió vigilarlo para ver lo que sucedía después.

Ante la energía que TLAZOLTEOTL hacía crecer en POPOCATEPETL por IZTACCIHUATL, éste caía derrotado. Era imposible amarla y más, llegar a casarse con ella.

Por las noches lloraba, ante el gozo de TEZCATLIPOCA que le daba conciencia de ello, y era torturado por la pasión distractora.

Cuando el espejo ahumeante de los sueños se apoderaba de él, TEZCATLIPOCA le hacía imaginar que IZTACCIHUATL se encontraba a su lado, pero de pronto despertaba sobresaltado, comprendía todo y deseaba morir.

La fiebre y la ausencia, el silencio y el olvido, iban consumiendo sus musculosas carnes de leñador. Y ya ni siquiera tenía la dicha de largarse a la guerra florida, pues los tiempos eran pacíficos y por miedo a los castigos del TEOTL, todos vivían en paz, hermanados por la comprensión y la amistad, en Tloque Nahuaque. Nadie quería predominar sobre nadie y todos se conformaban con lo que la tierra y la lluvia les daban.

Sus familiares del CALPULLI notaron su decadencia. Sus madrecitas pensaban que se había enfermado, pero ninguna de las medicinas que se le daban surtía efecto. Sus padrecitos lo miraban con gran preocupación y lo seguían cuando como sonámbulo se levantaba de su fino petate hecho con pieles de ocelotes y venados y salía a vagar por las chinampas y los bosques cercanos.

Subía a su chalupa y sus nervudos brazos remaban y remaban, horas y horas. POPOCATEPETL no encontraba paz.

Una noche, cuando el casto joven se hallaba sentado en una piedra de su chinampa y miraba la enorme luna de invierno que desplegaba sus pálidos rayos sobre ANAHUAC y que se rompían como en mil cristales al reflejarse en las transparentes aguas del lago de Xochimilco, POPOCATEPETL se estremeció profundamente.

Una bandada de tecolotes oscureció el firmamento y opacó el brillo lunar. Las flores sembradas en la chinampa temblaron y parecieron marchitarse. El casto doncel escuchó una voz dentro de sí que le decía:

-No sufras más, decídete a ir en busca de IZTACCIHUATL. Si ella no te conoce, jamás sentirá inquietud alguna por ti. Nada pierdes con presentarte ante ella cuando va a bañarse en las puras aguas de los manantiales de CHALCO. XOCHIMILCO no se encuentra tan lejos de allá. Piénsalo. Hazlo.

Tú aparecerás de pronto por allí, como si anduvieras de cacería y no te hubieras dado cuenta de su presencia. Esa es tu oportunidad. Además, la verás en toda la plenitud de su belleza y tú, vestido con tu simple MAXTLI, con cacles y penacho de plumas de garza blanca puedes causarle una muy buena impresión.

Entonces la voz calló y POPOCATEPETL sintió como una alegría enorme y un entusiasmo formidable para hacer lo que se le había sugerido.

Y TEZCATLIPOCA sonrió, pues era él quien lo tentaba para romper con las castidades y tener de qué burlarse. Los que querían imitar a QUETZALCOATL, lo indignaban y siempre, como vemos y sabemos, buscaba la forma de perderlos.

Así que POPOCATEPETL esperó ansioso la hora y el momento de efectuar su audacia.

El corazón le latía tan apresuradamente que parecía querer salírsele y correr en pos de su amada IZTACCIHUATL.

Ni siquiera pudo acordarse del fúnebre presagio que había precedido a la voz de TEZCATLIPOCA.

Esa banda de tecolotes era un mal agüero que anunciaba la llegada de una desgracia, la muerte tal vez, y había que prevenirse para evitarla.

Mas POPOCATEPETL, encendido en su optimismo amoroso, para calmarse en su espera, tomó un poco de aguamiel de los magueyes y lo bebió pausadamente.

De pronto sintió un sueño tremendo y cayó como desmayado sobre las graciosas amapolas y los olorosos cempasúchiles.

Así transcurrieron largas horas hasta que el rocío hizo despertar al casto mancebo. Era casi el amanecer.

Miró hacia todos lados y una expresión de disgusto apareció en su rostro. Había dejado pasar la oportunidad. Ahora tendría que esperar nuevamente. Y desconsolado lloró.

Así estaba cuando un canto lúgubre lo sacó de sus sollozos.

Vio aparecer una chalupa que navegaba por el frente de donde él se encontraba, atrás de ella venían más, con grandes vasijas que humeaban copal y otras que, como antorchas, lanzaban lánguidas llamaradas.

Los que iban conduciendo las chalupas se miraban tan serenos que infundían un terrible respeto.

Entonces los ojos asombrados de POPOCATEPETL se abrieron desmesuradamente al ver aparecer una grande embarcación, la trajinera sagrada, donde TEOPIXQUES arrodillados y vestidos de luto miraban tranquilos, pero solemnes, el cuerpo inerte de una bella mujer: Era IZTACCIHUATL que yacía tendida sobre un camastro cubierto por pieles de venado y rodeada por grandes ramos de Cempasúchiles y YOLOXOCHILES y una gran variedad de perfumadas flores donde parecía revolotear XOCHIPILI, el hijo de las flores, el perfume y la inspiración.

Como impulsado por un resorte se incorporó violentamente y se puso en pie para mirar a la amada que entraría a la región de las tinieblas, al MICTLAN, donde imperaba la nada para los cuerpos. ¡No era posible! ¡Ni justo!

Sintió que su mente explotaba y que un torbellino de todo lo que había imaginado con ella se arremolinaba ante sus ojos: la veía caminando, luego hablándole, abrazándose, besándola, adorándola siempre. Y recordaba la mirada fulgurante que se había clavado en su virtuoso corazón, y sus labios, sus manos y su cuerpo.

Ahora IZTACCIHUATL había muerto y un frío sudor escurría por la despejada frente de POPOCATEPETL.

Su cabello pareció encanecer de pronto y la blancura bañó sus sienes.

¡Qué iba a hacer hoy sin su amada? ¿Cuál sería el motivo de su vida?

Y en eso estaba, cuando se escuchó el pregón del gran TLATOANI, el quien con la palabra orienta, consuela, ilumina, guía:

-Murió IZTACCIHUATL y el TLALOCAN la espera. Jamás el MICTLAN. Su virtud la ha hecho inmortal y no se perderá en el vacío. Siempre la recordará el TLOQUE-NAHUAQUE.

El corazón del monte se regocija porque reposará en él la más virtuosa de las mujeres. Jamás distrajo su vida en los delirios de los instintos. Su férrea voluntad nunca permitió que la dominaran sus sentidos. Ella siempre se dedicó a seguir la sublime voz del TEOTL-IPALNEMOHUANI, la energía creadora por la cual existimos.

Y si por un descuido murió ahogada en el lago, su inmaculada blancura nunca logró ser manchada por el lodo. Hela aquí: pura, virgen, cual una mujer dormida que resplandece ante la transformación; limpia de toda impureza, pues jamás padeció el tormento de la envidia, de los celos, de la ambición, del odio. La llevaremos al lugar por donde sale el sol y allí, en un TEOCALLI la depositaremos.

IZTACCIHUATL, la mujer blanca será venerada eternamente por todos los ANAHUACAS y será uno de sus más grandes y altos orgullos.

Ella nos enseñó a amar el bien y a enaltecer la castidad. Vayamos hasta el oriente; cerca de AMAQUEMECAN estará su adoratorio monumental.

Y repitiendo su discurso a los cuatro puntos cardinales, el TEOPIXQUE-TLATOANI estremecía los oídos de los anahuacas qué salían de sus CALPULLIS, las casas colectivas, para ver el cortejo que poco a poco se alejaba del lago de Xochimilco y penetraba al de Chalco por donde debían continuar hasta llegar a AMAQUEMECAN. POPOCATEPETL sintió que su corazón, preso de sus sentimientos y de la pasión insatisfecha, estallaba.

Y dicen que de pronto se lanzó al lago y nadó, y nadó mucho hasta que TLALOCTLI, compadecido de tanto dolor, acortó la distancia y POPOCATEPETL llegó a la orilla.

Salió escurriendo del agua y echó a correr. La fatiga no le importaba; ni la sentía. Cruzó como un relámpago laderas, cañadas y bosques y ascendió a la cúspide del pequeño montículo donde se encontraba el TEOCALLI destinado a guardar los restos de la virgen blanca, la doncella pura, la inmaculada mujer, la CIHUACOATL, la sabia: IZTACCIHUATL.

En ese momento depositaban el cuerpo incorrupto de la joven casta en un camastro de mármol adornado con cientos de flores y rodeado de tapetes de cempasúchiles. El copal ahumaba abundantemente el lugar y el viento se encargaba de esparcir su olor solemne.

POPOCATEPETL, al ver aquello, quedó en pie, con los brazos cruzados, a los pies de su amada muerta.

Cuando el fúnebre cortejo se retiró, POPOCATEPETL se arrojó sobre el cuerpo anhelado y lo besó llorando. Eran los primeros besos que sus labios daban en la vida.

Cuando TEZCATLIPOCA se dio cuenta de aquello, le dio tanta rabia el ver frustrado sus planes de seducción, que enfurecido ordenó al señor de la oscuridad, MICTLANTECUHTLI que lanzara una de sus flechas y le arrebatara la existencia.

Así lo hizo y POPOCATEPETL cayó muerto. Después quiso apoderarse del profanador, pero no pudo. Una extraña fuerza lo impedía.

Y comenzó a caer tanta, pero tanta nieve, que cubrió el cuerpo de los inocentes amantes hasta transformarlos en los volcanes más altos de ANAHUAC.

Desde entonces permanecen allí, el POPOCATÉPETL y la IZTACCÍHUATL, como el rasgo culminante y distintivo de esas tierras de México. Ella serena, como dormida, el, conservando el fuego inextinguible de su pasión eterna como un gran monte que humea, velando el reposo de su amada mujer blanca.

ometeotl!!!!